top of page

Género y nominación, las consecuencias sociales


El varón se constituye así como una metonimia -la parte por el todo de la especie que se autopromociona metáfora- lo representativo de lo específicamente humano.

Celia Amoros

INTRODUCCIÓN

Me propongo intentar cierto paralelismo entre los paradigmas de la ciencia -en particular las ciencias sociales- como sistemas de nominación y dominación, y las prácticas sociales a que dan lugar, legitimadas acríticamente por la referencia, consciente o no, a la autoridad que brindan aquellos desarrollos.

La operación por la cual quedan asimilados hombre y ser humano deja a la mujer relegada a lo otro (¿menos humano?), al mundo de la naturaleza. Pero, además, produce de hecho un grado de generalización tal que tras la fachada de El hombre ^que queda en posición de ideal- resultan borradas, omitidas, las particularidades de los varones, así, en plural.

Junto a la verificación, fueron para la ciencia requisitos indispensables la objetividad y la generalización. Ambas abonaron la ilusión de un conocimiento válido, universalizable, a costa no sólo de esquematizar las múltiples singularidades sino también de borrar al sujeto que hace ciencia. La política sexista, en particular la prescriptiva genérica, opera como un organizador presubjetivo donde quedan diluidas las diferencias singulares. Objetivo éste “la configuración de la singularidad deseante- del psicoanálisis. Planteo que la adecuación al rol genérico ha sido particularmente ejercitada por los varones, que con mayor frecuencia que las mujeres confunden identidad personal con identidad de género. Con diferentes grados de desarrollo y desde hace varias décadas, los estudios de la mujer analizan el lugar asignado a las mujeres y cuestionan con justeza las bases androcéntricas de los discursos científicos y sociales. Y la injusticia que promueven.

No ha ocurrido lo mismo con los varones, a pesar de que cualquier modificación en uno de los ejes de una polaridad necesariamente debiera conmover el sistema intersubjetivo todo. Los varones, “supuestos sabidos” por el conocimiento, quedan abroquelados en situaciones de falso privilegio, y los determinantes culturales de su condición no favorecen el cuestionamiento de los lugares asignados ni la autoindagación de sus mitologías personales.

En los últimos años, los Men’s Studies están abriendo el espectro de las diferentes modalidades y motivaciones del ser varón. Y la masculinidad se vuelve un problema sobredeterminado y no un punto de partida monolítico. Los grupos de reflexión de varones y la indagación clínica en distintos contextos, incluyendo las nociones de expectativas, identidad y rol de género, están aportando visibilidad sobre el lado oscuro de la constitución y el ejercicio de la masculinidad.

Intento correlacionar el concepto psicoanalítico de moción pulsional al de representaciones sociales; visualizar algunos destinos de la pulsión que, como los caracteres, armonizan con incentivos valorados desde lo transubjetivo, y hacerlos trabajar en relación con el sistema sexo-género, un articulador valioso entre subjetividad y cultura, ideales y comportamientos.


PERSPECTIVAS


En estos últimos años escuché repetidamente una ingeniosa frase: “El mapa no es el territorio”. Daba cuenta, claro, de los riesgos de quedar atrapados en la creencia de que el dibujo era lo mismo que la geografía de un país, por ejemplo. E implica una perspectiva en la que hay (habría) una realidad última, otra, de la cual el mapa es tan sólo un signo, una convención codiñcada que representa el original, el auténtico. Esta perspectiva estaría cercana a la idea de la función eminentemente descriptiva dél lenguaje, y también al concepto de esencia, como aquella realidad última, eterna, óntica, que coincidiría con la definición del ser.

Distinta es la mira de este comentario de Nietzsche (1984):

Una vez que descubrimos que todos ios sistemas de valores no son sino producciones humanas, ¿qué nos queda por hacer? ¿Liquidarlos como a mentiras y errores? No; es entonces cuando nos resultan más queridos, porque son todo lo que tenemos en el mundo, la única densidad, espesor, riqueza de nuestra experiencia, el único ser.


Nietzsche, junto a H. Von Foerster (1994), podría afirmar entonces que “el mapa es el territorio”. La primera perspectiva postulará entonces que ei conocimiento no ha sido construido por personas, sino que ha sido descubierto; es decir, confirmaría una “objetividad ontológica”. Descartes supuso que el pensamiento racional, humano, debiera “liberarse de los huesos y la carne”, borrar la subjetividad y las circunstancias del productor de conocimiento.

Tanto ciertos relatos del psicoanálisis como los provenientes del constructivismo (Bamett Pearce, W. 1994) enfatizan la importancia de las palabras, de las formulaciones, en la construcción de ‘la realidad”. De cómo el lenguaje no sólo describe fenómenos sino su carácter constitutivo, al modo de dispositivos perceptuales.

Los deslizamientos significantes pueblan La interpretación de los sueños, Psicopatología de la vida cotidiana y también un texto del último período del desarrollo freudiano, Construcciones en el análisis, título sugerente y solidarizable con aquellos que entienden la psicoterapia como intercambio y ampliación de los relatos a disposición del paciente. Justamente, los teóricos del constructivismo enfatizan la consideración del self como narrador y la construcción dialógica de las narrativas que van conformando consensos temporarios, siempre pasibles de ser desconstruidos.

Sin embargo, hay una fuerza de atracción esencialista que ha sido central para gran parte de las ciencias sociales. También lo es en las implementaciones psicoterapéuticas de diferentes orientaciones. La presunción esencialista, la pregunta por el ser de la cosa en sí, resalta toda vez que el ser se adueña del devenir. En la vastedad de la teorización psicoanalítica coexisten formulaciones que favorecen el proyecto de la Ilustración junto a concepciones de lo humano propias de la posmodernidad.


LENGUAJE Y PARADIGMAS


En las ciencias humanas, un paradigma es (Bonder, 1980) “el conjunto de concepciones generales acerca del ser humano y de la realidad social, de los métodos y las 215 maneras considerados legítimos para plantear las cuestiones”. Estos discursos brindan modelos y soluciones, creencias y valores a una comunidad en un tiempo dado. Consciente o inconscientemente, en cada uno de nosotros un paradigma, en tanto visión del mundo, opera como un selector perceptual que, al tiempo de organizamos relatos sobre el mundo, nos compele a que lo observado encaje en los límites preestablecidos. E. Barthes, en este sentido, dice que “toda lengua es fascista”. Pensemos en las consecuencias que esto conlleva en el uso automatizado de un lenguaje sexista, producto y generador de una cultura sexista. Usamos cortésmente para dirigimos a una mujer los términos “señora” o “señorita”. En cambio, para el varón sólo contamos con el vocablo “señor’’, independientemente de su estado civil. Esto es que, automáticamente, abonamos la creencia de que la personalidad del varón es autónoma, mientras que a la mujer le viene a través de su relación con el varón.

Los paradigmas determinan los límites de lo expresable, de lo conceptualizable y el orden de la facticidad (Bonder). Pero estos sistemas de entender la realidad no vienen del aire. Son construcciones humanas que en cada científico o creador surgen de su profesionalizaron, de su adhesión teórica, de su pertenencia a una clase social, de sus aspiraciones, su historia personal y contextuad El conocimiento es un producto social-histórico y político, ligado a relaciones de poder que lo sostienen y perpetúan. Es cuando las “verdades científicas” contribuyen o son utilizadas como ordenadores sociales. Hasta que nuevas prácticas científicas y políticas generen otros saberes o que nuevas articulaciones inauguren nuevos paradigmas. En este sentido, los estudios de la mujer han operado una especie de pesquisa epistemológica de los discursos sobre el sujeto humano, y en particular han evidenciado el lugar subalternizado asignado a las mujeres. La fecundidad de los nuevos estudios de 216 los varones será proporcional á una postura semejante.

Como antes esbozaba, los paradigmas son construcciones humanas, por lo tanto hechos de lengua. Ahora es el momento de dar otra vuelta sobre el carácter constituyente de la lengua. Particularmente, los fenómenos automáticos de ésta que introducen sesgos, condicionan nuestra manera de percibir y percibirnos mujeres y varones, por lo tanto también nuestros conceptos de lo femenino y lo masculino. Antes mencioné el ejemplo de “señora-señorita”, pero podría hacerse un listado, como los que aparecen en las guías para un uso no sexista de la lengua. Pero, además del sexismo de carácter léxico -como los mencionados-, los hay estructurales. Sigo en ese tramo a García Meseguer (1988), que describe fenómenos que desde la lingüística avalan la idea de cómo la adscripción de “hombre” como equivalente de persona contribuyó a la dilución de lo singular en el caso de los varones y su posicionamiento. Este autor plantea, entre otros, dos fenómenos:

a) Término dominante y término dominado.

b) La óptica del varón.


Con respecto al primero, transcribo:

Cuando existen dos (o más) contrarios teóricamente iguales pero que, en realidad, no lo son, el vocablo que designa al menos potente (término dominado) mantiene inalterada su significación, aludiendo tan sólo a su parte, en tanto que el vocablo que designa al más potente (término dominante) pasa a significar, a la vez, su parte y el todo.


En el terreno de los sexos, en la oposición hijo-hija, el primero es el dominante y significa la parte y el todo. Se dice los hijos de mi primer matrimonio, con prescindencia de sus sexos. Lo mismo sucede con padre-madre; hermano-hermana, etcétera. Los seres hablantes poseen una tendencia inconsciente a identificar lo masculino con lo total, lo genérico con la norma, y lo femenino con lo parcial, con lo específico. En cambio, en la expresión “Los hombres no lloran” se focaliza a los varones. Y de paso, preguntamos, ¿para qué habrán nacido dotados de glándulas lacrimales como las mujeres...?

Hay ejemplos flagrantes de esto: Freud (1923) hablaba de la libido como masculina, del clítoris como un equivalente subdesarrollado del pene o del desarrollo sexual del niño como paradigmático. Él mismo dedicó dos trabajos en relación con el enigma de la mujer: “La femineidad” (lo que llamamos género) y “La sexualidad femenina”. No hay, en cambio, un equivalente, un título sobre la masculinidad, que, al tratarse de la norma, transcurriría sin perturbaciones. O al menos sin necesidad de ser especificada. Sin embargo, el mismo Freud mostró la particular complejidad dél desarrollo neurótico de varones en los historiales clínicos, por ejemplo.

El otro fenómeno, la óptica del varón, ocurre al hacer un enunciado de carácter general; en este caso el enunciado es claro si lo oye un varón, pero no, si es una mujer. Ésta óptica denuncia a un enunciante que actúa como si las mujeres no existieran. Por ejemplo, el Diccionario Larousse define así “menopausia”: “término de la ovulación, dicho de una mujer”. En cambio define “polución”, como “emisión involuntaria de esperma”, sin añadir “dicho de un varón”. La asimetría de las definiciones delata la primacía de la óptica del varón.

Más allá del acuerdo o del desacuerdo con que entendamos la lógica binaria, fálica, que unifica en un significante, el falo, el movimiento deseante de mujeres y varones (ser o tener el falo), ¿por qué la pregnancia de un significante masculino para dar cuenta de una problemática que comprende a ambos sexos? La diferencia semantizada como desigualdad, una vez más. Aunque el coronado como rey, el varón, el que tiene-sabe-puede, debe sostener la impostura a un costo demasiado alto. La clínica, la cotidianidad y los estudios de género están demostrando al rey desnudo.


LOS VARONES PADECEN DE NORMALIDAD


Estas determinaciones desde la ciencia, desde la lengua, desde el consenso generalizado, que ubican al varón como el primer sexo, el término dominante de la gramática, han sido amplia y profundamente tematizadas como su lugar de privilegio, de poder y de sojuzgamiento del semejante, del “segundo sexo”. No voy a abundar en esta perspectiva, que es lo visible, lo público del desempeño de los varones.

Quiero más bien discurrir sobre las consecuencias de este posicionamiento en la configuración de la masculinidad. Sujetamientos que quedan naturalizados al sesgo de aquellas determinaciones coaguladas en la prescriptiva de género y que tienen un arraigo particularmente fuerte por tratarse de valores suscritos por el género paradigmático.

S. de Beauvoir decía (1977): “Pero si quiero definirme, lo primero que debo decir es que yo soy una mujer; sobre esta verdad debe basarse cualquier discusión ulterior”. O sea, incluía como presupuesto consciente y determinante de su trayectoria su posición de género desjerarquizado.

Demos un salto en el tiempo y en el espacio: Buenos Aires, 1994. A diferentes grupos mixtos de adultos jóvenes se les propone un juego. Se entrega a cada uno una taijeta con el comienzo de una frase : “Yo soy...”, que deben completar libremente refiriéndose a cómo se definirían. El resultado —repetido- muestra que un porcentaje de ellas completa la frase con el término “mujer” y continúan distintas autodescripciones. En mi experiencia, los varones no hacen algo homólogo. Responden, por ejemplo, vital o muy tenaz, un empecinado en buscar, etcétera. Como en las definiciones del Larousse, no hace falta decir que es propio o dicho de varones. Las mujeres practicarían un feminismo necesario, no sintomal. Esta no especificación de la singularidad está lejos de significar una manera armoniosa de ser varones. Padecer de normalidad es tal vez el estereotipo más constante y silencioso que los varones hacen al tributo de género. A costa de su alienación como personas.

Paradójicamente, aunque el lenguaje científico y cotidiano con frecuencia asimila hombre y persona (ser humano), el sometimiento acrítico, asintomático a las prescriptivas de lo-que-un-hombre-debe-ser para sentirse tal producirá en el mejor de los casos media persona. Acá no pesaría eso de “nada de lo humano me es ajeno”; al contrario, si no los varones deberían legitimar el miedo, los sentimientos, la pasividad, el pedido, el desconocimiento, la debilidad. Pero éstas son cosas de mujeres. Como dice J. Lacan, “la mujer es el síntoma del hombre”. Y esto haría pasar por normales, habituales, muchas conductas “varoniles” que, si bien afianzan el ideal de sí del hombre, son prácticas que atentan e impiden la función de autoconservación.

Es consenso que el varón tiene un lugar privilegiado en la sociedad. Ha dictado las leyes, ocupa puestos de decisión, determina los lineamientos económicos y políticos, es el jefe de la familia. En la visibilización del costo de los privilegios, de su sostenimiento, comenzarían a esbozarse las singularidades.

Desde chiquitos, desde el celeste si es varón, el sexismo de las habilidades va produciendo un asistemático pero contundente adiestramiento en lo que sería deseable de un varoncito: defender a las hermanas; enfrentar los peligros; ganar en las peleas; sobresalir en los deportes, en las profesiones; tener una sexualidad frecuente, etcétera. Cada edad irá actualizando las exigencias. Habrá que sobresalir, ser el mejor, el que más gana. “Cuanto más, mejor”, ideal de masculinidad que va sedimentando el núcleo más íntimo de la identidad del varón, que se va jugando en la intersubjetividad con otros varones y con las mujeres. Ellas también suelen esperar eso de ellos. Como estos valores arquitecturan la subjetividad y además la perspectiva varonil no alienta a cuidar ni cuidarse, se confunden identidad personal e identidad de género.

A diferencia de otras culturas, las nuestras, occidentales, no practican o han dejado de realizar rituales institucionalizados del pasaje de ingreso de los niños al colectivo de los varones. Si además agregamos que nuestro sistema de crianza es ejercido primordialmente por una mujer, que se constituye en la figura de identificación primaria, esta protofeminidad de que habla Stoller (1968), además de volver particularmente complejo el desarrollo psicosexual de los varones, ¿no los condenaría a hacer de su vida un largo ritual confirmatorio de una masculinidad siempre escurridiza?

C. Amoros (1985) resalta las contradicciones del discurso de la “universalidad”, producido sobre sociedades divididas por conflictos de clases, razas y grupos marginados. Y menciona el préstamo de ideologías de legitimación que homogeneizarian la diversidad en aras de un sujeto varón. Dice esta autora:

Pero el patriarcado en cierto sentido es interclasista en la medida en que el pacto entre los varones, por el que se constituye el sistema de dominación masculina, constituye a los individuos varones como género en el sentido del realismo de los universales. Hay un sistema de presupuestos acerca de las implicaciones de la pertenencia a este conjunto tal que ío que podríamos llamar el operador distributivo para cada varón particular del sistema de definiciones con que constituye al, género como tal funciona como si se le adjudicara a cada uno de los miembros de ese conjunto -por encima de diferencias- el repertorio de las prerrogativas de la condición de varón [...] la ideología proporciona ún amplio repertorio de vivencias ilusorias y de satisfacciones vicarias para compensar, mediante la hipertrofia de las virtualidades del operador (pertenencia al conjunto de los varones = distribución de las prerrogativas del conjunto de derechos y deberes, reciprocidades y pactos que define esté conjunto como género), las miserias de los desfavorecidos en el reparto.

Pero si el realismo de los universales consagra al varón blanco, heterosexual, fuerte y rico como centro, ¿hay otro destino que la periferia suburbana para los varones negros, homosexuales, pobres? Suerte de engaño del incentivo triunfalista que, en aras del reforzamiento del ser del logro (oficializado por el patriarcado), hace invisibles las condiciones de opresión ajenas y autogeneradas.

En otro trabajo (1995) yo llamaba a esto "la violencia cubierta de gloria”, precisamente por la operación de silenciamiento del costo de sostener el ideal heroico. Como dice L. Bonino (1992), “ser varón es un factor de riesgo”. Los síntomas de la normalidad de la condición masculina debieran rastrearse en las secciones periodísticas sobre hechos delictivos, en las estadísticas sobre suicidios y accidentes, en la población de las cárceles. Ámbitos éstos de una abrumadora presencia masculina, no atribuible a una inherencia de la agresividad como cualidad propia de varones sino a la oferta representacional que asegura en el riesgo, en la acción, en el límite del esfuerzo, una cuota de virilidad que se confunde con masculinidad.

Aunque la tendencia a no pedir ayuda se revierte en parte, todos los analistas, psicoterapeutas y también médicos saben de la reticencia de los varones a ser asistidos. Las consultas femeninas son más abundantes; en las mujeres el pedir ayuda, la autoobservación no parecieran mellar la autoestima, como en el caso de los varones. En cambio sí ocurre que éstos pueblan las salas de internación o los servicios de terapia intensiva. Piden ayuda cuando ya no aguantan más.

Otra paradoja: los varones categorizados como los que están “del lado de la cultura” llevan implícita en sus prácticas y discursos cotidianos una asimilación naturalizada de lo ya dicho. Las representaciones sociales son como presignificaciones, predisposiciones utilizables para que el sujeto se represente a sí mismo. Pero para ello debe mediar una transcripción elaborativa (Kaés, 1991) de manera que las formaciones transubjetivas -como los ideales de género- puedan sintetizarse con otras determinaciones, para lograr un proyecto personal. Sin embargo, la uniformación de respuestas lleva a pensar en una urgencia identificatoria que opera una adopción pasiva de estos esquemas. Que dejan de ser un sostén prefíguracional para volverse norma definitoria. En las configuraciones grupales, Kaés habla de la posición ideológica como resultado de la abolición subjetiva. Y Bemard (1992) la tematiza como una defensa contra la mentalización, incluso contra lo experimentado:

Triple sumisión al ideal (idealogía), al ídolo (idología) y a la omnipotencia (ideología) rectora de la realidad psíquica, siempre renegada como tal en provecho de la objetivación de lo real: toda ideología se presenta como objetividad.

Y toda esta estrategia apunta a la clausura de los intercambios y a obstaculizar cualquier vacío representacional que ponga al yo en peligro.

Sartre (1943) en su ontología dualista diferencia “el ser en s f -lo dado, inerte; lo fáctico, ámbito de la inmanencia- del “ser para sí” caracterizado por la trascendencia, la libertad, la conciencia de sí; cualidades del proyecto propiamente humano. ¿De qué ser estamos hablando cuando describimos a ese varón alienado en las insignias de un conjunto? Se oye repetidamente en trabajos feministas la asignación al hombre como “ser de sí”, a diferencia de la mujer definida como “ser de otro”. Formulaciones entendibles desde la perspectiva de la mujer como objeto de deseo, o la mujer como objeto de intercambio entre hombres, etcétera. A través de este “carácter masculino” que intento describir, ¿es sostenible que el varón esté en posición de “ser para sí” o “ser de sí”?, ¿o ampliar la frase y titularlo “un ser para la imagen de sí”?

Decía A. Gala: “el mar, tan inmenso, no sabe que lo es; el marino, tan pequeño, sabe de su peligro”. Metáfora válida para el trabajo con los varones. Una invitación a la reflexión, a dejar la omnipotencia, a echar una mirada a los propios sujetamientos, al otro, a la lengua, a la costumbre, al ideal, a la estructura que nos sobrede termina. Y al régimen de la falta, tematizado por el psicoanálisis como complejo de castración y su particular trayectoria en los varones.


PSICOANÁLISIS Y GÉNERO VARÓN


En un trabajo anterior (Inda, 1994) me extendí sobre las formas particulares del complejo de Edipo en la mujer y el varón. Hice referencia al tiempo preedípico y al largo apego a la relación íntima con el otro primordial, la madre. E intenté mostrar cómo ese tiempo primero determinaba fundamentalmente la identidad de género (el sentimiento de ser mujer o ser varón), que debe diferenciarse de la elección sexual en la relación con el objeto. Seguí los desarrollos de Bleichmar (1985) y los hallazgos de Stoller (1968).

Estos trabajos y los de otros autores (Greenson, 1968) nos muestran que el desarrollo psicosexual del niño varón no tiene menor complejidad ni dificultades que el de la niña, como sostenía Freud. En el período preedípico predomina, en ambos sexos, el lazo con la madre, figura excluyente de identificación primaria y/o especular.

En el capítulo VI de Psicología de las masas y análisis del yo, dedicado a la identificación, Freud la define como el más antiguo enlace afectivo, que se sitúa “antes de toda catexis de objeto”.

El sistema sexo-género dará cuenta de complejas articulaciones entre el sentimiento de ser y sentirse varón o mujer (identidad, expectativas y rol de género) y la orientación erótica Ketero u homosexual (elección sexual).

A partir de una amplia casuística de hermafroditas, transexuales e intersexuales, Stoller introduce, entre naturaleza y cultura, un tercer término, “período cruciaF, en el que el deseo y la asignación de un sexo imprimen un sello a la identidad de género. Y esa relación fundadora con la madre tiene como consecuencia lo que llama “protofeminidad”. Stoller sostiene que:

a) Los aspectos de la sexualidad que caen bajo el dominio del género son determinados por la cultura. La madre es el primer agente en este proceso de estructuración psíquica.

b) La biología reforzará o perturbará una identidad de género ya estructurada.

c) La identificación da cuenta de la identidad de género.

d) Este núcleo se establece antes de la etapa fálica. La angustia de castración y la envidia del pene complej izarán esa estructura.

e) Esta identidad se inicia con el nacimiento pero se va complejizando de suerte que, por ejemplo, un sujeto varón, además de hombre, puede experienciarse . masculino, u hombre afeminado, o imaginarse mujer.

f) La madre constituye para la nena y el varón un ideal temprano de género, razón por la cual el desarrollo psicosexual es más complicado para el varón en lo que atañe al género, pues la identificación con la madre no promueve su masculinidad. Debe desidentificarse de ella y buscar activamente la identificación con los hombres.


La idea de una feminidad psíquica de base se correlaciona con datos de la embriología. El elemento X de la fórmula cromosómica parece representar la humanidad de base. El Y debe revertir la tendencia natural gonádica a producir un ovario. XY -figura cromosómica del macho- posee todos los genes de XX (hembra) y además el Y. Lo que hace decir (Badinter, 1992): “En cierto modo el varón es una mtger con un plus”

Freud, recordemos (1924), decía que el complejo de castración inhibe y restringe la masculinidad estimulando la feminidad. El niño que asienta en el pene su completamiento fálico debe renunciar al objeto sexual -su madre- para resguardar su integridad. La salida del complejo edípico puede leerse como un triunfo del narcisismo sobre la sexualidad.

La fuerte identificación primaria -protofemineidad, de Stoller- permite entender esta especie de lógica reactiva que caracteriza las modalidades propias de la masculinidad tradicional: los varones suelen definirse por no ser mujeres ni niños ni homosexuales. La identificación femenina de la que hablamos debería ser compensada por una desidentificación proporcional y de sentido contrario. Los niños se empeñan en diferenciarse tajantemente de las niñas. Dice Hacker, citada por Badinter (1992), que “la masculinidad es para los varones más importante que la feminidad para las mujeres”. Por eso, a veces, ciertos prototipos de lo varonil parecen maquetas que lindan con lo grotesco. Hombres unidimensionales, a lo Rambo.

Chorodow (1978), en ese sentido, afirma que “el problema con los hombres no es que no se han separado de la madre, sino que se han separado demasiado”.

A todo esto contribuye la escasa presencia paterna en la vida de muchos varones que hoy están entre los 25 y los 55 años. Si la Revolución Industrial alejó a los hombres (padres) de la cotidianidad del hogar, la prescriptiva de género alentó con exclusividad el carácter proveedor más que la dimensión afectiva, criadora, que favorezca una identificación directa a un varón cotidiano y no a sus emblemas de poder en la distancia.

En El malestar en la cultura (1930), cuando Freud afirma que es la anatomía y no la psicología la que puede dar cuenta del carácter de lo masculino y lo femenino, concluye que “demasiado a menudo hacemos coincidir la actividad con lo masculino y la pasividad con lo femenino, cosa que en modo alguno se corrobora sin excepciones en él mundo animal” Sin embargo, en “Análisis terminable e interminable” (Freud, 1937) traza un paralelo significativo: lo que para las mujeres es la envidia del pene, será "la lucha de los hombres contra su actitud pasiva o femenina frente a otros hombres” como reaseguro constante frente a la ansiedad de castración. La homologante perfección fálica arrastra a la niña a la envidia, y al hombre, al pavor (Torres, 1987).

En nuestra sociedad, el ideal viril supone cualidades de penetración, hiperactividad y despliegue muscular. Las mociones pulsionales abrochan con este tipo de representaciones, que toman modalidades habituales hasta la sobreadaptación los requerimientos de una ideología del consumo y la productividad. El sexo fuerte que queda naturalizado con esa impronta deberá coexistir con la tendencia opuesta, regresiva, a la pasividad, semantizada como atributo de lo femenino.

Stoller, al consignar la idea de la “protofeminidad”, afirma que la constitución de la masculinidad presenta dificultades especiales. Greenson (1968) remarca la doble desidentificación que deben ejercer los varones, primero como personas distintas de la madre, y en segundo lugar, lograr la identificación de género masculina. La niña no tiene que cambiar de objeto, pues el objeto primario coincide con el objeto de identificación de su género.

Por otro lado, el psicoanálisis nunca dejó de considerar la bisexualidad que nos habita, la coexistencia de componentes masculinos y femeninos, que colabora con toda esta problemática.

La mujer “no toda” que justamente se significa como tal -como vimos en los ejemplos anteriores- tiene más garantizado el ejercicio de comportamientos reservados a los varones, pues ellos coinciden con los valores dominantes y los de los que dominan.

Hay una publicidad de cerveza que sintetiza en imágenes todo esto: un pulcro yuppie en su oficina termina su cerveza, se quita la camisa y se arroja desde un piso alto para zambullirse en una piscina. Una empleada lo mira admirativamente, comienza a desvestirse, se quita los zapatos y se dirige hacia la misma ventana, supuestamente con el mismo propósito. Perla de condensación que la televisión nos propone a cada rato. Consumo, riesgo, omnipotencia y docilidad, todo en treinta segundos.

La inversa (varón adoptando emblemas femeninos) se efectiviza menos o lo hace venciendo resistencias. Decía Brummel que hay que ser muy hombre para vestirse con puntillas. EL sexo con pene, significante encarnado del orden fálico, superpuesto con lo paradigmático humano, se constituye en modelo para imitar. Los atributos de la feminidad no tienen tan buena prensa. Ni desde la cultura (el sexo débil) ni desde el psicoanálisis; Freud (1925) expresa:

Los rasgos de carácter por los cuales se ha criticado y reprochado a la mujer -que tienen menos sentido de justicia, que se someten menos a las grandes necesidades de la vida y que en sus decisiones se dejan guiar, con frecuencia, por afectos y enemistades- podrían deberse en gran parte a una diferencia en la formación de su superyó.


EL CARÁCTER Y EL COMPLEJO DE MASCULINIDAD


Las descripciones que se hacen de los rasgos que tipifican el género varón abundan en coincidencias con los del “carácter”, tal como lo ha visualizado el psicoanálisis.

El diccionario de psicoanálisis de Laplanche y Pontalis (1971) habla de "neurosis de carácter” como aquella “en la cual el conflicto defensivo no se traduce por la formación de síntomas claramente aislables, sino por rasgos, formas de comportamiento o incluso una organización patológica del conjunto de la personalidad” Expresión a veces poco rigurosa de una serie de conductas que implican dificultades en la relación con el ambiente. Desde la perpectiva estructural más que de la no existencia de síntomas, Lagache destaca en el carácter la proyección sobre el sistema del yo de las relaciones entre distintos sistemas intrapsíquicos, por ejemplo el predominio de cierta instancia como el yo-ideal.

Habitualmente, para la formación del carácter se mencionan los mecanismos de sublimación y la formación reactiva. La sublimación, es sabido, es el destino de la pulsión que transforma su energía en un fin no sexual y apunta hacia objetos socialmente valorados. Esta es la defensa que Freud también llamó represión exitosa. La energía desexualizada contribuiría a la unificación (imaginaria) del yo, y esto destaca su dimensión narcisista.

Los rasgos de carácter de tipo reactivo son actitudes, 229 hábitos de sentido opuesto a un deseo reprimido que se constituyen en oposición a aquél. Contracatexis de un elemento consciente, de fuerza igual y dirección opuesta a la catexis inconsciente. Acá también Freud (1923) habla de defensa con éxito, pues tanto la representación excluida como el reproche que ésta suscita son excluidos de la conciencia y transformados en virtudes morales. Las bastardillas sólo pretenden llamar la atención sobre la insistencia en la adjetivación valorativa de estas formaciones sustitutivas. Recordemos, por ejemplo, las prácticas desidentificatorias que describía en el apartado anterior.

Fenichel (1966) enfatiza que los rasgos de tipo reactivo limitan, en cambio, la flexibilidad y la eficiencia en términos de salud psíquica, aunque no necesariamente la adaptativa que la estructura social demanda de los varones. Aquí, la eficiencia se mide en rendimiento productivo, en logros laborales o bélicos, en resultados mensurables. Alguien adicto al trabajo puede ser el mejor ejemplo de un padre proveedor de su familia. Un deportista en prácticas de riesgo es un héroe representante de una nación. El ideal de género coincide con el narcisismo, pero puede oponerse a la salud mental, o a la sexualidad, o a la integridad.

El concepto de lo reactivo trasciende el campo de la patología. Cuando Freud lo introduce en Tres ensayos sobre una teoría sexual, (1905) establece el papel de las formaciones reactivas en todo individuo. Se trata de una verdadera formación sustitutiva que condensa la moción pulsional con el sostén de la autoestima en relación con el medio. Parte de ese medio son los valores que preconiza una sociedad, entre otros, los roles, las expectativas de género. Porque la autoestima suele quedar esclava de las miradas ajenas, sin discernimiento, pero con aplausos. Como publicita la taijeta de crédito: pertenecer tiene sus ventajas. Pero también sabemos 230 que la identidad por pertenencia hace obstáculo a la resolución subjetiva.

Reich (1931) describe el carácter fálico-narcisista como el tipo de reacción al complejo de castración como realización de lo deseado. Se trata de personas temerarias, corajudas, resueltas, seguras de sí, orgullosas, etcétera. Parece una descripción de los Men’s Studies. Estos caracteres reflejan una fijación en el nivel fálico, con sobreestimación del pene confundido con el cuerpo todo, que concentra el apetito narcisístico. Estas modalidades son entendidas también como sobrecompensación a la tendencia oral dependiente y contra la regresión analreceptiva. Al hablar de corazas caracterológicas, Reich expresa que “desaparece toda la línea de demarcación entre personalidad y síntoma y a veces son más molestas para los otros que para el paciente mismo”.

En las primeras sesiones de una psicoterapia de pareja suele reeditarse un cliché: hay una esposa que se queja del estado del vínculo y de la conducta del marido. Éste suele mirarla extrañado, como no sabiendo de qué se trata y a veces intentando una complicidad con el terapeuta para que se ocupe de esa mujer tan neurótica.

Él, en cambio, más político, egosintonizado con su modalidad de actuar, acompaña a la mujer, colabora con el tratamiento. Hasta que pueda, eventualmente, ir entendiendo su involucración en el malestar vincular y tomar conciencia de que sin coraza se está más expuesto, pero se camina más liviano. En mi experiencia, fueron numerosos los varones que pudieron empezar a tomar contacto con sus dificultades a partir de un análisis de pareja.

En otro contexto, Lucioni (1987) habla de la falicidad como una premasculinidad. Y Saal (1981) recurre al juego de palabras el no-hombre del padre. Ahora bien, la igualación que propone el eje fálico castrado, el imaginario que conformó esa visión y la sostiene, produciría 231 en el plano de lo real un ideal encarnado y otro fallido de esa diada. Es decir, no hay homologación; hay diferencias que se confunden con desigualdades: ricos-pobres; arios-judíos; jóvenes-viejos; hombres-mujeres estarían en la misma línea según un eje superior-inferior (Inda, Mendilaharzu, Pachuk y Rolfo, 1990).

El mantenimiento en la cultura, en la lengua, del varón como paradigma recuerda una descripción hecha en relación con el niño (Freud, 1927): “El sujeto infantil no admite sino un solo órgano genital, el masculino, para ambos sexos. No existe, pues, una primacía genital, sino una primacía del falo”. ¿Es una extrapolación desacertada concluir, entonces, que aún estamos en una cultura pregenital?

Buenos Aires, 1995: en un programa de televisión, un periodista y su esposa comentan que estuvieron en una playa nudista. Y destacan, riendo, su sorpresa frente a los penes fláccidos, pequeños, según ellos. El conductor del programa remata (alivia) con una broma: “Debe de ser por el agua, [el frío encoge todot”.

Deberíamos agregar, en relación con el carácter fálico, que los varones también padecen de envidia del pene (Bleichmar, 1985), como el niño que compara su miembro con el del padre y transforma el tamaño en una medida de la potencia. ¿Qué várón no ha padecido y ejercido en las duchas públicas una mirada subrepticia sobre los genitales de los otros varones? Operación cuya resultante será una confirmación o una decepción del propio ideal machista.

Dice Márquez (1991) que nacemos personas y rápidamente nos ingresan en algún colectivo sexista -mujeres o varones-, y a partir de allí comienza un sistemático adoctrinamiento de lo que conviene a cada uno. El proceso de construcción social de la masculinidad, por ejemplo, supone:

a) reducir las diferencias entre los varones,

b) aumentar las diferencias que nos separan de las mujeres.

Ambas conclusiones ratifican la otredad uniforme que los hombres asignan a las mujeres, y éstas a los hombres, ocultándose en los dos polos la diversidad subjetiva. De esta forma, varones y mujeres ven recortadas sus vidas en lo corporal, la identidad, el trabajo, la sexualidad, la educación, la expresión, la parentalidad, etcétera.

Así, la política sexista, además de cercenar potencialidades, genera situaciones paradójicas: si bien las formulaciones en salud mental prescriben el uso pleno de las capacidades funcionales, una mujer debería acotar sus experiencias sexuales para no ser puta. O un hombre debe competir y arriesgar su vida para sostener el ideal heroico. La determinación genérica se opone a la salud; el narcisismo y el género, a la sexualidad; la autonomía, al ideal.

Bleichmar plantea, en relación con la histeria, que “su feminismo espontáneo y aberrante se pondrá en juego en el mismo terreno en que ha quedado circunscripta y definida, el sexo”. Parecería válido importar un concepto tan fecundo, hacerlo trabajar del lado de la masculinidad y conceptualizar como “masculinismos espontáneos” algunas conductas o síntomas de ios varones. ¿Por qué la dependencia del hombré al significante toma cuerpo privilegiadamente en los varones para armar una perversión o una impulsión? Interrogantes profundamente estudiados en el caso de las mujeres y su tendencia a la depresión, por ejemplo (Burin, 1987). Pero, sin llegar a estructuraciones psicopatológicas complejas, que, repito, merecen un estudio particular, el sistema sexo-género puede enriquecer la significación de algunos episodios varoniles. Por ejemplo, una disfunción 233 eréctil, que es vivida por los varones como su antigua designación, una impotencia, una falta de poder, ¿no puede leerse como una forma corporal del “no”? Si el tamaño del pene y la posibilidad de estar siempre listo, potente, en toda ocasión y con toda mujer amueblan en parte considerable el ideal del yo masculino, un episodio de fracaso atenta contra el narcisismo. Salvo que también lo entendiéramos como tana forma espuria de la opción de decisión. Goldberg (1977) llama "sabiduría del pene* a las reacciones con que el cuerpo ejecuta lo que las palabras no pueden enunciar. Toda esta operación -que podría ocupar un contexto clínico- puede abrir camino a:

a) revisar el estereotipo varón-boy scout del sexo;

b) que el sexo es una dimensión del placer, no del mandato;

c) qué se puede elegir cómo, cuándo, con quién;

d) legitimar el no deseo (fantasma homosexual);

e) que no desear estar con una mujer no es no desear a todas las mujeres, etcétera.


En síntesis, reconocer los propios sujetamientos a la normativa, al ideal, a las condiciones de producción, en la historia singular de un sujeto, en las que aquéllas se volvieron andamios de una identidad.

El listado anterior es, en definitiva, una ampliación del repertorio representacional con el que cada uno va produciendo su propio relato.

Puede haber muchos ejemplos en esta dirección. Se me ocurre, por ejemplo, la legitimación de una búsqueda de pasividad a través de una dolencia leve, que, sin embargo, reclame reposo, o una lesión que obligue a un jugador a retirarse de una contienda deportiva, renuncia que la moral del deportista no admitiría, pues su autoestima se mide en luchar hasta no dar más, etcétera.

Esta constante sexuación de comportamientos y habia lidades y la división binaria de atributos producen no sólo formas de vivir, sino también formas de padecer y de morir. Sin entrar en el amplio espectro de las enfermedades con compromiso orgánico, ni aquellas referidas a la patología mental, que están reclamando un estudio serio y pormenorizado que las vincule al género varón, hay guarismos que no dejan de sorprender.


Repito que cada uno de estos guarismos merece un estudio propio que debe ser cruzado con las variables clase, raza y sexo. Y con respecto a la prescriptiva de género, hacer luz sobre las condiciones desafiantes de la vida de los varones que, naturalizadas, permitirían reafirmar que los hombres padecen de normalidad.


EPÍLOGO


Las correlaciones entre estudios de género y psicoanálisis prometen desarrollos vigorosos en la teoría, la clínica y el campo de la prevención. Las determinaciones y las consecuencias de las condiciones femenina y masculina reclaman una mirada multidisciplinaria. Es importante advertir la tendencia a adoptar una presunción de autonomía de los saberes, a creer que un relato único pueda dar cuenta de la complejidad, de la condición plural de la subjetividad.

Efectivamente, parte importante de los estudios de la mujer y de los de género parece prescindir de los desarrollos psicoanalíticos, que sin embargo atraviesan gran parte de los campos del saber actual. O cuando los incluyen, salvo aportes muy valiosos, lo hacen de forma unidimensional y crítica, o descontextuando algunos conceptos del marco que les da especificidad.

La inversa también se verifica. El aporte teórico del psicoanálisis -fundamental para la conceptualización del sujeto de deseo en su dimensión inconsciente- y los psicoanalistas en su práctica teórico-clínica, salvo excepciones, se resisten al concepto sociológico de género. O como si un replanteo a la teoría pudiera sospecharse de desnaturalizar lo psicoanalítico. Aunque el riesgo de no hacerlo transmute la verdad en dogma.

Los nuevos estudios sobre los varones están amplíando y profundizando la dinámica de las relaciones entre los géneros. Además de reconocer la deuda ética fundamental que tienen con el feminismo, sus desarrollos aclararán la condición del varón y de la mujer y, eventualmente, potenciarán vínculos más simétricos. El pasaje de El hombre como sinónimo de persona al estudio de los varones en sus singularidades y diferencias es 236 también pasar de la categoría a priori (ya dado) a la noción de una construcción social de la masculinidad. Tampoco se nace varón, se adviene a serlo.

No se trata de disolver al sujeto ni de trascendentalizarlo. Un pensamiento complejo, como dice Morin, será aquel alertado de las tendencias separatistas, reduccionistas y ávido de nuevas formulaciones, nunca definitivas.


BIBLIOGRAFÍA

Amoros, C.: Hacia una crítica de la razón patriarcal, Madrid, 1985.

Badinter, E.: XY de Videntité masculine, París, Edit. Odile Sacob, 1992.

Barnett Pearce, W.: Nuevos modelos y metáforas comunicacionales, en Schnitman, D. F. (comp.), Nuevos paradigmas. Cultura y subjetividad, Buenos Aires, Paidós, 1994.

Bernard, M.: Introducción a la obra de René Kaés, Buenos Aires, Ed. Asoc. Arg. de Psicología y Psicoterapia de Grupo, 1992.

Bleichmar, E. D.: El feminismo espontáneo de la histeria, Madrid? Adotraf, 1985.

Bonder, G.: “Los estudios de la mujer y la crítica epistemológica a los paradigmas de las ciencias humanas”, Desarrollo y Sociedad, Buenos Aires, 1980, ne 13.

Bonino, L.: “Accidentes de tráfico. Asignatura pendiente en salud mental”, Encuentro Hispanó-Argentino, Prevención en Salud Mental, Santiago de Compostela,.1992.

Burin, M.: Estudios sobre la subjetividad femenina, mujeres y salud mental, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1987. 237

Chodorow, N.: El ejercicio de la maternidad, Barcelona, Gedisa, 1978. De Beauvoir, S.: El segundo sexo, Buenos Aires, Siglo XX, 1977.

Fenichel, O.: Teoría psicoanalítica de las neurosis, Buenos Aires, Paidós, 1966.

Freud, S. (1923): "Sobre la sexualidad femenina” en Obras Completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1967, t. III. — (1930): El malestar en la cultura, en O. C., 1.1. — (1937): “Análisis terminable e interminable”, en O. C., t. III. — (1905): Tres ensayos sobre una teoría sexual, en O. C., t i . — (1925): “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica”, en O. C., t. III. — (1923): El yo y el ello, en O. C., t. II. — (1923): “La organización genital infantil”, en O. C.} t.I. — (1921): Psicología de las masas y análisis del yo, en O. C., 1.1. — (1924): “El final del complejo de Edipo”, en 0. C., t. II. García Meseguer, A.: “Sesgos en la percepción de lo masculino y lo femenino debido a fenómenos lingüísticos”, en Jomadas de Psicoanálisis, “Lo masculino y lo femenino”, Madrid, 1988. Goldberg, H.: The hazards of being male, Nueva York, New American Library, 1977.

Greenson, R.: “Disidentifying from mother”, Inter. Journal of Psycho-Ánalysis, 49,1968.

Inda, N.: “La violencia cubierta de gloria”, Página! 12, Buénos Aires, 1995. —: “Mujer-varón. ¿Configuración vincular?”, Psicoaná238 lisis (Rev. de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires), vol. XVI, ne 2, 1994.

Inda, N.; Mendilaharzu, G.; Pachuk, C. y Rolfo, C.:, “Masculino-femenino. ¿Verdades reveladas o veladas?”, Rev. de Psicología y Psicoterapia de Grupo, tomo XIII, ns 1-2, Buenos Aires, 1990.

Kaés, R.: “Apuntalamiento y estructuración del psiquismo”, Rev. de Psicoterapia de Grupo, tomo XV, n9 3~ 4, Buenos Aires, 1991.

Keller, E. F.: “La paradoja de la subjetividad científica”, en D.F. Schnitman y otros, Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad, Buenos Aires, Paidós, 1994. —: Reflexiones sobre género y ciencia, Barcelona, Edic. Alfons El Magnánimum, 1991.

Kimmel, M.: Changing men, California, Sage Publications, 1987.

Laplanche, J. y Pontalis, J.B.: Diccionario de psicoanálisis, Buenos Aires, Labor, 1971. Lucioni, I.: “Masculinidad, narcisismo y elección objetar, Revista Argentina de Psicología, ne 32, Buenos Aires, 1987. Márquez, J. V.: Sexualidad y sexismo, Madrid, Edit. FUE, 1991.

Nietzsche, F.: Humano, demasiado humano, Medellín, Colee. Bedout, 1984.

Reich, W. (1931): El análisis del carácter, Barcelona,Paidós, 1980.

Saal, F.: “Algunas consecuencias políticas de la diferencia psíquica de los sexos”, en A medio siglo de “El malestar en la cultura”, México, Siglo XXI, 1981.

Sartre, J.-P.: Uétre et le néant, París, Gallimard, 1943.

Stoller, R.: Sex and Gender, Nueva York, Science House, 1968.

Stoller, R. y Hert, G.: “El desarrollo de la masculinidad: una contribución transcultural”, Rev. Asociación 239 Argentina Escuela de Psicoterapia para Graduados, na 18, Buenos Aires, 1992.

Torres, E.: “Ética de la igualdad-ética de la diferencia. Consideraciones psicoanalíticas”, II Jomadas La Clínica Psicoanalítica, Centro S. Freud, Buenos Aires, 1987.

Von Foerster, H.: “Visión y conocimiento: disfunciones de segundo orden”, en Schnitman, D.F. y otros, Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad, Buenos Aires, Paidós, 1994.



 
 
 

Comentarios


Califica este servicioNo me encantaNo es buenoBienRecomendada¡Me encanta!Califica este servicio
  • Youtube
  • Whatsapp
  • Instagram
  • Spotify
  • Icono social LinkedIn
bottom of page